¡Ay, qué cabrones! ¡Así que me estaban esperando! Querían que yo estuviera en el paro, que comenzase a hacerme ilusiones con lo tranquilo que iba a estar, hasta que encontrase otra mierda de curro.
Resulta que pongo la tele, y ahí lo veo.
Con sus barbas, su media lengua, su discurso leído como un robot. No es su voz la que suena, sin embargo. Es la del Durao Barroso ése, la del tío siniestro del BCE, la de los majaderos hipócritas poderosos que se reúnen cada cierto tiempo en un lugar idílico (léase Sitges, léase Bilderberg o como coño se diga).
Así que era eso, y todo estaba previsto:
dejemos que se confíe el bueno de Jandro, que vaya tranquilamente por la vida, pensando que en este país, en esta Europa de los derechos y las libertades, los contratos se cumplen, las normas son normas siempre, beneficien al rico o al el pobre.
¡Hijosdeputa!, pienso.
Y luego comienzo a olvidar eso de que el subsidio, a partir del sexto mes, será menos de lo que era hasta ahora.
(Para que aprendan, dirán los liberales -ésos, sí, ésos que después se hinchan a subvenciones, a ayudas, para todo tipo de saraos y negocios de los suyos
redondos
que para eso siempre fueron los más listos
y llegaron primero).

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