viernes, 13 de julio de 2012

Día tres


Intento crearme nuevas rutinas, hacerme un poco más de mi nueva condición de desempleado. Me levanto tarde, doy paseos por el parque, y acudo al bar de la esquina para tomar un café y leer el periódico. Esto, que debiera ser así, amable y bucólico, se torna en tempestad cuando, en la portada de mi diario favorito (más bien, el menos odiado), encuentro la noticia sobre los recortes del gobierno que, ahora sí, afectan a los parados. Leo la información y es como si me dijeran: "bienvenido, pringao, contigo se acaba lo bueno", y ganas me dan hasta de llorar. ¿Puede haber ya algo peor? El cojo consigue alcanzar la meta y, nada más traspasarla, alguien va y le corta uno de sus brazos. "Esto no tiene solución", dice el camarero, mientras limpia un vaso con un trapo, tras la barra. "Matarlos a todos", le respondo, y él se limita a sonreír, como imagino que deben de estar llorando los poderosos, los que mandan, mientras los afectados se desgañitan en manifestaciones espontáneas frente a la sede de su partido.

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